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Ver pasar el tiempo fue siempre su mayor distracción, quizá ya la única que le quedaba. Lo imaginaba como una gran bola de nieve que surcaba las vidas de los demás a merced de las pendientes que esculpía el destino, siempre caprichoso, siempre sorprendente. Imagen sin duda fruto de su legendaria imaginación de soñador que lo acompañó toda su vida.
Su ritual de observador ocioso y tranquilo se iniciaba cada mañana cuando se sentaba en la terraza del bar y con su mirar distraído seguía a las personas que, a su modo de ver, tenían algo en mente. Se esforzaba por desenredar la madeja de pensamientos ajenos viviendo en su intento multitud de vidas que el destino no había esculpido para él. Siempre lo invadía una sensación de euforia cada vez que lograba encontrar un motivo para las curiosas actitudes de aquellos que eran blanco de sus intrigas.
―¡Qué poder da el pensamiento! ―se decía entonces.
La rutina no varió en años. Se sentaba en la terraza, pedía su cerveza bien fría y dejaba volar su legendaria imaginación de soñador entre sorbo y sorbo del amarillo placer. De su faz de ausente surgían sonrisas y muecas dedicadas sólo él sabe a quién o a qué. Cada sorbo lo transportaba a un nuevo lugar, cada vez más exótico y recóndito.
Aquella mañana su mente divagó por las islas griegas, siguió la ruta de la seda, se maravilló del lejano oriente y se embarcó de polizón rumbo a los mares del sur. Logró percibir olores, colores, y hasta gozó de sabores indescriptibles. Se caracterizó de multitud de personajes en un intento de hacer realidad esas sensaciones adquiridas sorbo tras sorbo… hasta que volvió a aparecer ella, su habitual final de travesía lejos de la maldita soledad, los días que no acertaba a desenredar las pendientes del destino esculpidas para otros.
Recordó su mirar melancólico de ensueño que se metía dentro de uno sin avisar y sin posibilidad de presentar la más mínima resistencia. Las sensaciones recorrieron entonces todo su ser. Su esposa había heredado la viva mirada de su bisabuela. Ojos verdes de gata curiosa e independiente a los que nada escapaba. Eran ojos grandes, capaces de transmitir emociones, de provocar reacciones. Eran ojos capaces de envolverte en una cálida y peligrosa atmósfera de felicidad que se desvanecía al primer parpadeo. Él amó por ellos. Él lloró por ellos, y hasta enloqueció por ellos. Ojos verdes deliciosos, ojos verdes cálidos, ojos verdes misteriosos que fueron su perdición y su mayor desdicha. Ojos verdes que cautivaron su corazón soñador y que lo helaron tras su muerte, haciéndolo cautivo de su mirada de gata melancólica y presa de sus recuerdos de viudo.
Sollozó y levantó la mirada en busca de consuelo en alguna distracción.
Fue entonces cuando sucedió. No pudo dejar de fijarse en él. Quizá al fin hubiese aparecido alguien nuevo sobre quien fantasear. Era un forastero de aspecto un tanto aniñado y de caminar de caracol que iba despistado por la acera, mirando aquí y allá sin percatarse de nada.
―Ya se perdió ―murmuró entre sorbo y sorbo mientras crecía su curiosidad.
El hombre llevaba algo en sus manos. Algo negro y pequeño que desde esa distancia él no llegaba a descifrar. Parecía ausente. No sólo por sus andares de caracol sino por su vaivén oscilante al ritmo del viento entre paso y paso.
Todo cambió cuando sus miradas se cruzaron. El hombre pareció entonces preso de una actitud decidida. Como quien acaba de hallar lo buscado. Desde el bar él lo miró absorto. Iba hacia él, a su encuentro.
―¿Es usted don Anselmo, cierto? ―dijo el hombre.
―Sí, ¿y usted es?
―Eso no importa ahora. Esto es para usted ―añadió. Y dejó el extraño paquete sobre la mesa.
Ahí estaba, sobre la mesa, cerca de los pequeños círculos de agua que había dejado la cerveza fría. Levantó la mirada con intención de aclarar aquel asunto. Pero el hombre ya no estaba ahí con él. Se sintió aturdido, engañado por su imaginación de truhán, completamente fuera de la realidad. «¿Cómo es posible?» pensó.
Pero el paquete misterioso seguía ahí. Recubierto de papel negro, de apenas quince centímetros por diez. Sin apenas grosor. Un lazo minúsculo, también negro, era su único distintivo. Eran todo tan lúgubre que no pudo resistir la tentación de averiguar más. Miró a su alrededor con esa mueca de niño travieso en plena aventura. Ahora tendría más cosas sobre las que imaginar. Más distracciones que lo alejaran de su día a día carente de emociones. Apuró la cerveza y sus dedos temblorosos dieron buena cuenta del lazo. Le siguió el envoltorio que se desgarró sin apenas un lamento.
―¡Dios mío! ―acertó a suspirar entre muecas de indignación.
Unos grandes ojos verdes de gata melancólica lo miraban a través del desgarro. Su ser se sobrecogió. Se armó de valor y retiró todo el papel que aún cubría la foto de su esposa. Los ojos se llenaron de lágrimas, el pulso se aceleró. No pudo soportarlo más y volteó la foto sobre la mesa. Y fue así como pudo leer un mensaje en una letra que le resultó muy familiar. «Te echo tanto de menos querido, que aguardo nuestro reencuentro.»
―¡Qué macabra broma es ésta! ―gritó desconsolado, indignado mientras oía el crujir de un corazón roto por el dolor de los recuerdos.
Quienes recordaron el episodio años más tarde dijeron haberlo visto resoplar improperios cual ballena blanca de novela y, a trancas y barrancas, lograr zafarse de la silla que lo acomodaba y, con ojos enrojecidos de rabia y de dolor, iniciar su último regreso a casa.
Fue poner un pie en el asfalto con su andar ausente e indignado y salir volando por los aires por la embestida de un automóvil. Logró aterrizar en una postura inverosímil para unos huesos de su edad. Más muerto que otra cosa pero siendo aún consiente de la escena. Curiosamente no se alteró al ver su cuerpo ahí tendido en amasijo inerte y rodeado de extraños con cara de espanto. Supo que había muerto sin darse cuenta.
Creyó entonces oír una suave voz que dijo a sus espaldas.
―Te he echado tanto de menos, amor. Ven, que hay mucho aún que compartir juntos.
Y al amparo de unos ojos verdes se fue, para ya no volver, consciente que de tanto querer descifrar destinos ajenos fue burlado por el suyo propio.
Un saludo,
Jaime Servera
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| Aprendiz de escritor nos cuenta que... | 2010-03-19 13:36:19 #25 |
| Me ha encantado la manera de escribir... me gusta mucho este relato. | |
| Jaime Servera nos cuenta que... | 2010-05-03 23:07:36 #32 |
| Jaime. Gracias tocayo. Anónimo. ¿Muy largo dices? Pues no, a mí me gusta así. Un saludo. | |
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