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Era un día de primavera, salíamos con mamá, papá, y mi hermanito rumbo al campo. Yo tenía entonces 9 años, creía que el mundo terminaba a la vuelta de casa, y volvía a comenzar después de la esquina. En auto se viajaba rápido a otro mundo. El tiempo eran las nubes que corrían por mi ventana.
Llegamos a los molinos. Un pueblito de las sierras cordobesas. ¡Nunca vi tantos algarrobos juntos! Debía llamarse así, los algarrobos, ¡jamás vi un molino ahí! Mamá se asentó a la orilla de un río manso, que bordeaba el camino. Papá, mi hermanito y yo emprendimos camino exploratorio por el lugar.
Inmediatamente encontramos un sendero que conducía cuesta arriba a un gran puente negro, con barrotes de acero, que enmarcaban las vías de un tren. Le pregunté a papá si podíamos quedarnos allí hasta que el tren pasara, me dijo que ya no había tren, y que mamá nos esperaba para almorzar los pebetes que habíamos preparado.
Volvimos.
Mamá dijo que esperáramos una hora después del almuerzo para meternos al agua, puesto que de lo contrario corríamos el riesgo de sufrir un calambre en medio del agua, acto que desembocaría en una catástrofe. Obedecimos. A los 60 minutos ya estábamos nadando.
¡Qué hermoso aquel río!
Por una curva borrascosa nos lanzábamos pendiente abajo, y desembocábamos en un tropel de espumas y remolinos. Mi hermanito se cansaba rápido, yo no; así es como luego de reiteradas vueltas por ese recorrido decidí escalar un pequeño cerro que me encaraba desde el oeste, desafiándome a subirlo.
Comencé la travesía, primero costeando la ladera para descubrir la entrada más liberada, ya que había espinillos por doquier que impedían mi paso. Ingresé por fin haciéndome camino entre espinas y abrojos, que se adosaban a mis alpargatas como intentando detener mi espíritu de aventura.
Continué.
Avancé 50 metros y miré para atrás... ¡la sorpresa! No se veía ya nada del sendero transitado, me desesperé y el pánico paralizó mis piernas, ¡jamás había sentido sensación como ésa! ¡Miedo, abandono, desprendimiento del universo! Caí.
Pasé dos horas tendido en la tierra, inmóvil, silencioso. Una mariposa de noche, desconcertada, revoloteaba sobre mi cuerpo. Pensé entonces que estaba muerto, y que pronto se acercarían rapaces aves a masticarme, a devorarme. No, no estaba listo para eso. Debía dar señales de vida, indicios de existencia humana o me perdía para siempre. Mi respiro se agitó y la mariposa inició su retiro, sin antes evitar posarse sobre mi nariz, susurrando algo como: zhzhzhzh, y luego me habló, ¡la mariposa me habló! Sólo entendí esto: primera caída, el movimiento. Voló.
Me levanté y continué mi andar con cierto aire de superado. A mitad del cerro encontré una carcasa de carro antiguo, de esos que se ven en las películas de damas antiguas, con caballos y un chofer de sombrero alto. Sostuve con mis dos manos la parte delantera del carro e intenté transformarlo en un desmalezador para continuar mi camino, resultó. Solo dos metros, al tercero se desintegró por completo y quedé al desnudo entre yuyos nuevamente. De pronto un cimbronazo derribó mi fisonomía ¡y otra vez al piso! Parecía como si la naturaleza conspirara contra mi objetivo, llegar a la cima. Esta vez el suelo me atraía con un misterioso poder de succión hacia el centro del planeta mismo. Yo ejercía fuerza contraria, pero era en vano, los cuerpos se atraen... y la gravedad me hipostasiaba.
Ese cuadro duró 11 minutos con 11 segundos. Al iniciarse el segundo 12 del minuto 12, ya estaba de pie.
Me levanté y estiré mis brazos con pereza, como si recién me despertara de un sueño pesado. Mis manos estaban débiles, quise sostenerme de una rama que se ofrecía a mi amparo, y al tocarla de despedazó en mil pedazos. Le siguió a este hecho otro aun más absurdo: dibujose en la tierra con letras góticas el siguiente mensaje.
Segunda caída, el peso.
Se soltó luego un viento denso, borrando el escrito, y continué andando. Esta vez con mi cuerpo etéreo, como amarrado al aire, ausente de pesadumbre. Habrá sido en ese entonces ya las 6 de la tarde, lo noté por la posición casi de 90 grados del sol en relación a la tierra.
En ese ángulo y en esa liviandad avancé otros 100 metros, la cima parecía alejarse, mientras más pasos daba, entonces se me ocurrió retroceder para ver el efecto contrario, ¡resultó! La cima comenzó a acercarse, se acercaba, se acercaba. Cuando apenas quedaban 3 metros de visibilidad hacia ella, un avión voló sobre mi cabeza, arrasando con la nitidez del la escena.
Me sostuve de las piedras que me circundaban, pero la velocidad de aquel avión era cada vez mayor, volaba en círculos concéntricos hacia sí mismo, como si intentara estrellarse consigo mismo. Se estrelló.
Yo perdí mi equilibrio y me envolví en esa velocidad tardía que el avión dejo tras su explosión, me envolvió tanto, que ya no supe si era yo... o el avión.
Tercera y última caída, el tiempo.
Relato cedido por Cecilia Puigdellibol.
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