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De cráneo.

Relato breve.

calavera

Este es un relato que ha surgido de aplicar la técnica de la tríada con estas tres palabras cráneo – confusión – volar (ver artículo Cómo escribir cuentos y relatos).

Es algo largo y bastante peculiar. Espero que os guste.

Relato.

Leopoldo Gutiérrez, al que llamaban «il dottore» nadie sabe muy bien porqué, tenía la habilidad de hablar con el puro entre los dientes. Uno casi podía seguir el ritmo de sus palabras fijándose en el sube y baja del habano. Su bigote de cepillo, amarillento de tanto fumar, y sus gafas redondas y menudas justo en el borde de su nariz, como queriéndose lanzar al vacío, le daban un aspecto descuidado y casi bonachón; pero su mirada de hielo con esos ojos huidizos que uno no atinaba a descifrar le daban un aire muy distinto. Completaba el cuadro su voz susurrante, ni una palabra más alta que otra, ninguna puntada sin hilo, ni un sonido de más ni un gruñido de menos. Ante él uno no sabía muy bien si se hallaba ante un clon de Rompetechos o ante un Corleone convertido a casero.
Fue la urgencia propia de los imprevistos lo que llevó a Pepote a tratar con Leopoldo Gutiérrez. Un cambio repentino de trabajo lo obligó a cambiar de ciudad y acabó de inquilino en un cuchitril que alguien se atrevió alguna vez a llamar piso. Leopoldo Gutiérrez era su casero. Durante los pocos días en que se trataron, los encuentros entre ambos fueron breves aunque tensos, poblados de tartamudeos por parte de Pepote y de gruñidos susurrados por parte del «bigotes». A un buen observador quizá pudiera parecerle obvio que aquello acabaría como el rosario de la Aurora, aunque nadie hubiera jamás imaginado que el detonante final de la disputa fuese una calavera.
Lo malo de las apariencias no es tanto que engañan como que tienden a convertirse en los recuerdos generales de aquello que alguna vez ocurrió y que nadie se preocupó de averiguar. Precisamente por ello conviene repasar esta historia para que cada cual juzgue los hechos como ocurrieron y no como aparecieron más tarde en la prensa escrita.
Lo bueno de las mudanzas es que suelen suponer un cambio a mejor, lo malo es que hay que desempaquetar nada más llegar. Sin embargo, Pepote se sintió aliviado al encontrar ese piso de alquiler. «Mi cueva», lo llamaba él en tono sarcástico, pues quien tuviera la posibilidad de echar un ojo a su apartamento podría comprobar lo minúsculo que era. A decir verdad, las dos únicas cosas que valían la pena de aquel cuchitril eran la tranquilidad aparente del vecindario y un enorme armario empotrado en el que cabía de todo. Días más tarde Pepote supo que su primera impresión fue de lo más acertado, pues de todo y más encontró allí.
Llegó con los bultos a cuestas. Aún no acababa de creerse capaz de haberlos subido a un tercero sin ascensor. La escalera bien podría clasificarse de gruta y el llegar arriba enteros bultos y porteador sin duda fue la hazaña del día. No hay nada que incomode más que llegar cansado a tu nuevo hogar y comprobar que el casero no lo ha vaciado. A Pepote se le vino el mundo encima y lo recorrió un cabreo silencioso cuando comprobó que en un rincón del armario había una serie de cajas repletas de cachivaches que ocupaban gran parte del lado derecho. Pepote siempre fue muchacho de enfado lento, uno de esos hombres a los que la sangre quizá nunca les hierva pero que en cambio alcanza gradualmente gran temperatura hasta que un buen día estallan y resoplan improperios y cometen barbaridades varias. Él se quedó de pie contemplando las cajas de su casero en el lugar que él quería destinar a sus enseres. Notó un leve aumento de temperatura que la soledad del momento y el cansancio se encargaron de enfriar justo en el momento en que algunos insultos, que por dignidad no vamos a reproducir, empezaban a asomar entre tartamudeos de indignidad. Resignado, Pepote se fue a acostar, decidido a llamar a su casero a primera hora y solucionar el asunto.
La noche fue movida. La tranquilidad diurna del bloque se transformó en alboroto nocturno cuando los vecinos regresaron a sus casas. La noche se pobló entonces de quejidos de vieja, riñas de pareja, y alaridos de placer de jóvenes amantes, incansables en sus juergas, pues las paredes del cuchitril resultaron ser excelentes para la escucha involuntaria de hogares ajenos. El arrepentimiento es una sensación cruel que llega cuando uno ya no puede poner remedio a la situación, no al menos sin una pérdida ya sea económica o de dignidad, y esa sensación atenazó a Pepote mientras intentaba dormir a pesar de notar un leve aumento de la temperatura.
Sonó el despertador que partió la engañosa tranquilidad de la mañana con su insoportable pitido. Mal despertar para quien ha vivido una noche repleta de ayes y uyes; de eres una golfa y tu un cerdo; de más, más, más, y así, así, así, no pares, sigue. Si el rostro es el espejo del alma, muy alteraba debió tener la suya Pepote en ese amanecer pues un tic enrabietado luchaba por desaparecer de su cara mientras se duchaba con agua fría al no haber ni gota de agua caliente.

Llegó el momento de llamar y de aclarar aquel asunto. Pepote, a pesar de su indignación, no las tenía todas consigo. Sabía muy bien que en el cara a cara Leopoldo Gutiérrez le podía. Su ligera tartamudez se volvió escollo insalvable el día que cerraron el trato del alquiler y temía repetir aquella incómoda escena. Dudó, no quería verse superado. Pero su ardor interior iba en aumento y se decidió. Alzó el auricular y empezó a tartamudear.
Que a ver si se lleva usted sus cosas, hombre, acabó diciendo no de un tirón pero si con empaque suficiente. Que no se preocupe, señor Pepote, usted me hace el favor de tirar esas cajas. No hay nada de valor en ellas. Las tira usted y tan pancho. Que si esto no es muy correcto señor casero. Que si haga usted con ellas lo que le venga en gana. Que qué clase de solución es ésa. Que si no se me alborote usted por tan poco, hombre, tírelas si tanto le estorban y hala, con Dios. Y zanjado quedó el asunto sin posibilidad de réplica por parte de Pepote que se quedó con el auricular en la mano intentando salvar su última frase del atasco monumental de su lengua.
Aún con el miedo al ridículo en su cuerpo se fue directo al armario. Iba a tirarlo todo, sin dejarle nada a su casero. Acalorado y con una vena palpitante de desconsuelo en su frente cogió un taburete y se sentó justo delante de los bultos que ocupaban su armario. Quería inspeccionar el contenido de esas cajas de cartón. Abrió la primera y sacó unos pantalones sucios y zurcidos hace mucho tiempo sin apenas habilidad. Una camisa de mangas raídas y cuello amarillento y multitud de retazos en que se había convertido lo que quizá antaño fuera un abrigo con cierto estilo. Apenas una mueca asomó en su rostro mientras fisgoneaba en la primera caja. Nada de valor. Todo muy propio del «bigotes», se dijo. Volvió a meter las prendas viejas en la caja y la apartó a un lado.
La siguiente caja estaba cerrada a cal y canto con cinta adhesiva. Un mero contratiempo. Pepote fue a por unas tijeras y ¡ras! rajó la caja de derecha a izquierda. Un tajo profundo que calmó algo el palpitar arrítmico de la vena de su frente. Había algo redondo dentro, no podía verlo muy bien. Metió las manos en la caja con la intención de sacar lo que creyó algún balón deshilachado. El tacto del objeto era extraño, similar al de una piedra pero se adivinaba mucho más liviano. Aún con sus manos dentro, apoyó la caja en el suelo, puso un pie a cada lado y la sujetó mientras tiraba de sus manos hacia arriba con la intención de sacar el objeto.
Se oyó el quejido del cartón al partirse y entre ambas manos aparecieron dos cuencas de hueso donde alguna vez hubo una mirada con expresión de muerto. La lengua de Pepote luchó entonces por soltar algún reproche subido de tono y mandar, no sé si al diablo pero sí al carajo al dueño de la caja y al desdichado propietario de la calavera que ahora sujetaban sus manos. Reaccionaron antes éstas que su lengua y lanzaron esa maldita cara de hueso en parábola perfecta alcanzando el sofá, donde quedó alojada con la sonrisa algo desencajada y esa mirada vacía que helaría al más pintado.
Pepote cayó al suelo, recogió su taburete y apuntando al sofá como domador de fieras se cree que susurró algo como «me cago en tus muertos, coño».
Tras unos minutos eternos cayó en la cuenta de que la cabeza por sí sola no abandonaría el sofá, y muy probablemente, tampoco entablaría conversación con él para advertirlo de cómo acabó encerrada en una caja de cartón. Quiso fingir tranquilidad, puso el taburete en el suelo y se sentó, aunque a unos metros del sofá. La vena seguía palpitante en su frente y el susto inicial dio paso a una preocupación. Y ahora qué, pensó. Se armó de valor y recogió la caja que yacía desgarrada a sus pies y buscó en su interior. Apareció el maxilar inferior que a punto estuvo de hacerle perder el control. El instinto salió a relucir y los dientes del muerto, tras otra parábola perfecta, acabaron en el sofá junto a la calavera de la que alguna vez formaron parte.
Fue entonces cuando reparó en que la caja tenía algo escrito. Aún con el susto en el cuerpo la recogió del suelo y logró leer «Gustavo, el muecas». Las náuseas se abrieron paso al galope y Pepote se deshizo en vómitos de toda la tensión acumulada. «Usted tírelas y con Dios», recordó las palabras de «il dottore» mientras maldecía la mala hora en la que se le ocurrió alquilar el apartamento.
Una mirada de recelo entremezclado con asco descubrió un leve orificio en el cráneo que, a modo de tercer ojo, parecía observarlo desde muy cerca del entrecejo. El hueso parecía astillado pero no iba a ser él quien lo comprobara, no señor. La vena seguía palpitándole en su frente y el profundo quejido de su corazón alterado aconsejó una pausa en aquella mañana de pesadilla.
Tras largos minutos en los que no perdió ni un segundo de vista a su incómodo inquilino, Pepote repasó mentalmente la situación y por instinto tuvo la certeza de que tener una calavera en casa debía de incumplir alguna ordenanza municipal, eso como mínimo, quién sabe si incluso podría considerarse un delito de cárcel. Y ahora qué, insistían sus pensamientos sin alcanzar una respuesta satisfactoria.
Sabía que debía al menos limpiar los restos de su vómito, pero no se atrevía a ir en busca de la fregona y dejar sin vigilancia a cara hueso. Se levantó, cogió de nuevo el taburete, lo apoyó en una de las patas del sofá, y empujando poco a poco con delicadeza logró girarlo para que la calavera fuera visible desde el trastero en el que había la fregona. Reculó, sin perder de vista ese tercer ojo y sin dejar de sentir un palpitar incómodo en su frente. Logró coger la fregona y un cubo. Repitió la operación, girando el sofá, esta vez ayudado por el palo de la fregona, hasta encararlo con el cuarto de baño donde, mirando cada pocos segundos sobre su hombro en busca del sofá, logró llenar el cubo de agua. Al poco rato los restos de vómitos estaban limpios y Pepote, sentado en el taburete y armado de una fregona y cubo de agua volvió a preguntarse aquello de ¿y ahora qué?

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En las situaciones en las que el miedo lo atenaza a uno tener una imaginación ligera y propensa a la exageración suele tener sus inconvenientes. Pepote se dejó llevar y en lugar de pensar seriamente en qué hacer a continuación dejó volar su imaginación acerca de quién era ese tal Gustavo, «el muecas», cuya calavera reposaba inerte sobre su sofá. Se prometió a sí mismo averiguar cómo murió y qué relación podía tener todo aquello con su casero. Le vino a la mente la imagen del «bigotes», con sus ojos huidizos y esa sonrisa de escualo en la que un habano seguía el ritmo de unos susurros roncos que sonaban casi amenazantes. Fue acordarse de él y sentir la urgente necesidad de largarse de ahí echando leches, quizá no conservando su dignidad pero sí asegurando su propia vida.
Sopesó la posibilidad de intercambiar impresiones con Leopoldo Gutiérrez a ver qué podía sonsacarle, pero el recuerdo de ese «con Dios» proferido por el «bigotes» con un susurro grave de hondo calado lo hizo reconsiderar su idea. Puestos a pasar el mal trago de llamar a alguien e intentar explicarle que tenía una calavera mirándolo fijamente desde su sofá, prefirió llamar a la policía y que sea lo que Dios quiera.

Aunque uno sea policía de ronda callejera y nocturna, el día a día de profesión no lo prepara a uno para recibir una llamada de un tartamudo histérico intentando contar no se qué historia sobre unos dientes que vuelan hacia un sofá. Y eso debió pensar el agente que contestó su llamada. Llegó incluso a amenazar a Pepote de que si no desistía de su actitud gamberril iría a por él sin compasión cuando acabara el turno, Que si caballero está usted muy cerca de hacerme perder los nervios, que si Pepote se volvía a enganchar al intentar contarle que la calavera ―maldita sea esta palabra que le atenazaba su ya de por sí indómita lengua― parecía tener un disparo. Caballero, que este número no es para juegos y como que me llamo Manolo que de la multa que le voy a poner se le va a caer a usted todo el pelo de golpe. Así que puerta y deje de tocar las narices. Y de nuevo se encontró Pepote con el auricular en la mano hablando con el aire. Casi creyó percibir una mueca burlona en el cráneo de Gustavo mientras la vena de su frente amenazaba con reventar. Y tú qué miras, desgraciado.
Siempre había oído aquello de no sé qué profeta y una montaña, así que decidió acudir a la comisaría y dejarles la calavera ahí tirada sin decir palabras, ya que al parecer si intentas contárselo de buenas a uno no le creen. La idea le pareció menos buena al comprobar que alguien ―y Pepote estaba a solas en el piso― tendría que volver a meter a Gustavo en la caja, dientes incluidos. Un escalofrío de asco recorrió su espalda y por un momento estuvo tentado de pedir ayuda a algún vecino. ¿Quizá a los amantes incansables? Pero a pesar de lo estrafalario de la situación hizo bien en reconsiderar el asunto.
Entonces fue a la cocina y regresó con unas enormes pinzas de barbacoa, una espátula de madera, unos guantes de fregar calados hasta los codos, un delantal en que podía leerse «loquito por tus huesos», un par de trapos de cocina con imágenes de frutas del bosque y una mascarilla higiénica cubriéndole la nariz. Desde una distancia prudencial de casi un metro lanzó uno de los trapos con el fin de tapar a cara hueso. Con las pinzas lo colocó hasta rodear por completo el cráneo y, acercando la caja de cartón, a golpecitos de espátula hizo rodar a Gustavo hasta meterlo dentro. Repitió la operación con el maxilar inferior, que acabó también dentro de la caja convenientemente envuelto en el segundo trapo. Se quitó el delantal, los guantes y la mascarilla, tomó aire, cogió la caja, y con su vena más hinchada que nuca, salió del apartamento y se fue a la comisaría a entregarle el paquete al tal Manolo. A ver si tiene huevos de multarme ahora, se dijo.
Apareció en la comisaría, caja de Gustavo en mano, y sin más dilación preguntó por Manolo. El policía del mostrador señaló con su mentón la caja y preguntó que qué había ahí dentro. Qué va a haber, hombre, el muerto que que que… la lengua de Pepote se atrancó sin remedio mientras iba en aumento ese ardor interno que lo perseguía desde la tarde anterior. Joseba, que así se llamaba el sargento de guardia se incorporó, grueso como era, y pistola en mano, y con algún que otro temblor mal disimulado, ordenó «las manos quietas». El alboroto fue mayúsculo y todos en la comisaría miraron hacia la tarima de recepción «que se esté quieto, leches», resoplaba Joseba con los ojos desorbitados y un reguero de sudor frío recorriéndole la mejilla.
Al fondo, en una de las mesas un policía de paisano almorzaba una pizza, devorándola con gran interés y poco estilo. Era Manolo que recién terminada su guardia y aprovechaba para hincarle el diente a algo sólido. Con la porción colgando de su boca se giró para observar qué estaba ocurriendo en la recepción. La voz entrecortada de frases inacabadas y espasmos de silencio le resultó vagamente familiar. No puede ser él, que no sea él, deseó.
Pepote insistía una y otra. Que si yo he venido a ver a Manolo, que se esté usted quieto de una puñetera vez, que si no me apunte usted, que se calle y deje la caja en el suelo, que eso no que ni hablar. No me joda hombre y deje la puta caja, que dónde está Manolo que la caja es para él. Y así, en un diálogo de lo más absurdo alguien se abalanzó por detrás sobre Pepote con la intención de reducirlo y esposarlo. Pepote, que era patoso de lengua pero ágil de piernas logró dar media vuelta justo en el instante en que el policía le ponía las manos encima. Del forcejeo algo salió volando por los aires envuelto en un trapo con curiosas frutas del bosque dibujadas.
Todos miraron el extraño objeto redondo que volaba por los aires en una parábola perfecta. Durante su vuelo el cráneo de Gustavo dejó atrás ese trapo en su camino hacia el rincón donde un policía glotón miraba lo que se le venía encima mientras aún colgaba de su boca una porción de pizza barbacoa. La calavera de «el muecas» logró por fin aterrizar justo en el centro de la pizza, quedando incrustada en su jugosa salsa mientras Manolo creyó desfallecer por momentos. Presa del terror intentó huir de ese pedazo de hueso que, empapado de salsa barbacoa, tomate y con algunos cachos de carne picada sobresaliendo de las cuencas vacías tenía un aspecto aterradoramente fresco. «Qué cojones…» fue lo único que pudo decir mientras le resbalaban por su camisa blanca los restos de la porción de pizza que se estaba comiendo.
El tiempo se detuvo en la comisaría por unos instantes en los que nadie acertó a adivinar qué estaba pasando. Incluso Pepote cejó en su forcejeo mientras miraba con cara bobalicona el resultado de la última parábola del desdichado «muecas». Todos estaban en silencio. Nadie se atrevía a romperlo hasta que un berrido más propio de animal en celo que de comisario jefe interrogó a los presentes saliendo de su despacho mientras preguntaba al aire a grito pelado que qué coño pasaba allí. Que si así no hay quien trabaje, maldita sea. Pronto cayó en la cuenta el comisario de la escena y se unió por un segundo al estupor general, para luego estallar «a por él, cojones, que no se os escape» recuerdan los presentes que atronó a un tiempo que señalaba con un dedo acusador a Pepote.
Fue entonces cuando varios policías recios y de poca pregunta se abalanzaron sobre Pepote con la intención de inmovilizarlo por el consabido método de todos contra uno. Uno de ellos logró esposarlo y, cogiéndolo del cuello de la camisa lo levantó del suelo y se lo presentó al comisario. Éste era hombre menudo pero de muy mal genio. De ojos grises y mirada intensa. Unos pocos pelos que apenas alcanzaban la altura de las orejas era todo cuando adornaba su cabeza, brillante y enorme. En la frente, el ceño fruncido y una arruga profunda denotaban su enfado.

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El comisario miró a Pepote sin apenas variar su semblante y preguntó al agente que lo esposó que quién era ése. Pepote respondió que él venía a entregarle el paquete a Manolo. Que se callé usted, hombre. Que si ya estoy harto de tantas órdenes, que si me sigue usted alborotando la vamos a tener. Se calla y punto. Zanjó el comisario la discusión y con una mirada que no pocos conocían y todos temían buscó a Manolo que yacía aún tendido en el suelo y con la mirada fija en la calavera. El comisario apartó a Pepote y avanzó lentamente y con autoridad hacia Manolo. Que si me lo explicas o te meto un puro. Que si señor comisario en mi vida lo he visto. Intervino Pepote tartamudeando algo como que llamó y el bruto ése no le hizo ni puñetero caso. Que qué tienes que decir a esto y levántate por Dios que eres un representante de la ley. Que bueno, quizá no le creí, señor comisario. Que a mi despacho se ha dicho, los tres, tú, el tipo éste y la calavera.
Y así fue como tras tanta parábola y tanto tartamudeo intrascendentes Pepote pudo por fin, pero sin fluidez, explicar el asunto mientras un jugoso cráneo los observaba nadando en salsa barbacoa. Dado que la historia no dejaba de ser rocambolesca el comisario ordenó la detención inmediata de Pepote a la espera de aclarar del todo este asunto, y solicitó una orden de búsqueda y captura para atrapar al supuesto homicida: el casero Leopoldo Gutiérrez. Su señoría el juez no acabó de entender mucho el enredo y Manolo juró años más tarde que se oyeron gritos por el auricular del teléfono muy similares a los que él mismo propinó a Pepote cuando éste lo llamó para notificar el hallazgo de una calavera con agujero de bala en el armario empotrado de un piso en alquiler. «Las vueltas que da la vida, oiga», suspiraba cada vez que lo recordaba. Armado de paciencia, pues ante un juez siempre hay que tenerla, el comisario jefe consiguió la orden y, nada más colgar el auricular se oyó un estruendo ya que a pleno pulmón se le oyó gritar la orden a Manolo: «Me lo traes aquí, ¡pero ya! Y mete a éste otro en la celda.»

Un par de horas más tarde un gordo de sonrisa de escualo y con ojos de mirada huidiza era llevado esposado y en volandas por Manolo y su compañero de ronda. Se detuvieron ante el mostrador y Manolo le dijo al sargento de guardia que ése era el del asunto del cráneo. «Il dottore» susurró algo que nadie logró entender y a empellones fue conducido hasta las celdas. Al encontrar ahí a Pepote su sorpresa fue mayúscula y un hondo sentimiento de venganza empezó a hervir en su sangre.
Que si ya decía yo que no podía ser culpa de otro. Pepote bajó la mirada pues ahora no le apetecía luchar contra la voluntad de su lengua y los susurros de su casero. Sin el puro habano entre dientes parecía menos cosa, pero seguía teniendo esos ojos sin brillo que amenazaban a cada mirar. Que si cuando salga de aquí te voy a echar a patadas del piso, a la puta calle, ¿me oyes?, que si ca… ca… cállese usted, hom… hombre. Que si tu puta madre se va a callar, y delicias de ese estilo fueron las que se intercambiaron por unos minutos en los que poco más dio de sí aquella conversación de susurros de odio y atascos de lengua. Que si te voy a denunciar por injurias. Que de qué va eso de una cabeza. Que a ver si dejas de tartamudear y respondes de una puñetera vez. Que si no me agobie usted, casero, que estoy a aquí metido por culpa suya. Que si a culpas te voy a poner tibio cuando salga…
Afortunadamente estaban encerrados en celdas diferentes y la cosa no pasó a mayores, pero durante el rifirrafe dialéctico se aclararon posturas y algo quedó claro. La relación estaba rota y dejó de largo la indiferencia inicial para navegar a todo trapo hacia el rencor y la ojeriza sin pasar por el aborrecimiento. Rápida evolución para tan poco contacto, rezó una vez terminado todo el embrollo la prensa escrita.
Aunque no pueda clasificarse de conversación, los gruñidos y cortes de mangas se sucedieron por un par de horas mientras el sargento de guardia observaba, divertido, la escena captada por la cámara de seguridad desde su puesto de guardia. Al recordar el instante en que a primera hora tuvo que encañonar al tartamudo que, tozudo él, no quiso soltar la puñetera caja, lo invade un sudor frío que se trasforma en carcajada al recordar el vuelo de «el muecas» y su aterrizaje en la pizza de Manolo. Pensó entonces que su trabajo tenía también sus buenos momentos. Hace ya varias horas que enviaron a la calavera a la científica para su análisis forense. Se les caerá el pelo, se dijo.
Al «bigotes» le llegó su turno de pasar el trámite ―eso le dijeron― de la sala de interrogatorios. Cuando estás encerrado sin posibilidad alguna de escapar se agradece cualquier distracción que te haga más llevadero el tedio del cautiverio, así que Pepote se entretenía escuchando el alboroto que se adivinaba en el interior de la sala.
El interrogatorio del «bigotes» se convirtió en un run-run lleno de malentendidos en los que unos acusaron y el otro no daba crédito a aquel tremendo embrollo. Que si qué hace usted hombre con «el muecas» en una caja, que si le parece a usted normal, que a nosotros no nos la da y aquí y ahora mismo, por mis muelas, que le saco a usted la verdad. Que si no me lie señor comisario que la caja ésa es una herencia de mi padre que fue médico y en aquellos tiempos era normal agenciarse los huesos de algún desgraciado que debió de morir en el anonimato. Anonimato lo que te daré yo como no nos lo aclares, a ver, los papeles de la calavera. Venga, desembucha de una puta vez. Que a ver si controla usted a este agente, señor comisario, que no quisiera tener que quejarme de ustedes. Que si menos listillo, «bigotes», que te tengo bien calado.
Y así, que si canta que si no sé qué quiere usted que cante, pasaron tres largas horas en las que lo único que quedó claro fue que al «bigotes» lo llamaban «il dottore» por su padre y que al parecer, en aquellos tiempos no dejaba de ser corriente que los médicos se agenciaran una buena cabeza con la que profundizar en el estudio de la anatomía humana. Lo que convenció al comisario fue el hecho de que los forenses, al entregar su informe, atestiguaron, poniendo su profesionalidad y exactitud de sus equipos como aval, que «el muecas» llevaba ya sus buenos sesenta años en aquella caja, y todo el resto de carne jugosa que se desparramaba por las cuencas vacías no eran sino más que restos de vacuno de la pizza barbacoa de Manolo.
El dilema surgió cuando el comisario pidió consejo legal acerca de qué hacer con la calavera. Si entregársela de vuelta al «bigotes» o darle merecido descanso en el osario de la fosa común del cementerio municipal. Empezó entonces un duro debate acerca de los derechos de la propiedad privada. Que si no me fastidien ustedes más que les meto denuncia, que si entienda hombre que no se puede usted marchar con una cabeza bajo el brazo como si nada. Que aquí hay leyes, que si es un recuerdo de mi padre, que si vaya recuerdos me gasta usted, que sin faltar, eh, que la paciencia hace ya rato que la gasté. Será por quejarse, oiga, que si me la llevo o me da usted un recibo. Que cómo quiere usted que un comisario le extienda un recibo por una calavera. Pues es su problema. Pues que no va a poder ser, se me va a ir usted y dé gracias de que los forenses hayan sido tan claritos en su informe, que si no, lo empapelo de pies a cabeza, y, hablando de cabezas, «el muecas» se queda aquí y no se hable más. Y con un rotundo pues sepa señor comisario que esto no se termina aquí salió el «bigotes» hecho una fiera y tentado estuvo de abalanzarse sobre Pepote que lo miraba con asco desde su celda. Ya hablaremos tú y yo, tartaja de mierda. Que si se me comporte usted, caballero; que si a mí un traga pizzas no me hace callar, y en fin, amenazas varias y variadas que no pasaron de la mera bravuconada.
Después, el silencio.
A las dos horas, y tras el papeleo, Pepote llegó por fin al minúsculo apartamento dispuesto a hacer sus maletas y marcharse con viento fresco. Fue cerrar la puerta de la entrada, darse la vuelta y ver acercarse a su entrecejo un pico de alpinista que le había lanzado un bulto borroso que no le dio tiempo a identificar, pues apenas una fracción de segundo después notó el golpe y vio asomar de su frente un mango mientras su vista se fundía en negro y su cuerpo sin vida se desplomaba al suelo.
―Ni en broma me quedo yo sin la cabeza de mi padre― se oyó gruñir al «bigotes».
Pocas horas después, una calavera reciente y con un agujero redondo en el entrecejo acabó en una caja de cartón rotulada como «Pepote, lengua indómita».

Un saludo,
Jaime Servera.

 

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sin-nombre nos cuenta que...2010-12-14 23:35:36    #1
jajajajaja me parto con el vuelo del cabezón jaja.
Muy bueno.
Jaime Servera nos cuenta que...2010-12-18 23:39:17    #2
Gracias.

La verdad es que me reí bastante mientras lo escribía...

Sé bienvenid@ a mi pequeña web, aunque no tengas nombre :D

Un saludo.
muriel dean nos cuenta que...2012-02-07 19:48:09    #3
jajajaja muy buena historia. Qué penita me da Pepote!
Jaime Servera nos cuenta que...2012-02-11 22:31:59    #4
Gracias Muriel.

La verdad es que al pobre Pepote le pasa de todo...

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