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Tobías.

Relato breve.

Tobias

Este es un relato que ha surgido de aplicar la técnica de la tríada con estas tres palabras perro - muerte - llevar (ver artículo Cómo escribir cuentos y relatos).

Relato.

Apenas levanta un palmo del suelo pero es el rey del porche. Ojo avizor, orejas extendidas y seguro y firme sobre sus patas aguarda la llegada del chico de los periódicos.

―Recuerda, Tobías, lo que siempre te he dicho: tienes que esperar al que el periódico aterrice. Ya sabes que si lo coges al vuelo me lo desgarras y llenas de babas sin querer, y luego no hay quien lo lea, no señor ―le quedó grabado en su memoria tal cual se lo enseñó su amo.

Tobías es blanco y negro, como su carácter. Complaciente y cariñoso con su amo como suave es su barriga blanca, o áspero, testarudo y malcarado con los extraños como oscuro es su lomo negro.
Siempre de guardia en su porche se asegura de dejar bien claro a las inoportunas visitas quién manda allí. Nadie diría que de ese escaso medio metro de chucho pudieran salir esos rugidos de tigre, esas fauces de lobo y esos ladridos de león marino cabreado. Quien lo oyera sin verlo pondría pies en polvorosa y se aseguraría de poner distancia de por medio, quien lo viera sin oírlo, casi lo tomaría por tierno peluche para arrepentirse de puro susto al rato; quienes lo han visto y oído, recelan de él.

Apenas menea el muñón que tiene por cola, por lo que uno nunca sabe que aspecto de su carácter sacará a relucir el bueno de Tobías, y se acaba dando cuenta demasiado tarde las más de las veces.

―Lástima que seas colicorto, Tobías ―le repetía su amo―. Los perros tienen que venir enteritos, sí señor, eso opino yo, con su cola y todo, para que sus amos sepan de qué humor andan; pero ya sabes que a mí te regalaron ya cortado y nada pude objetar ni remediar de tu cola ausente. Pero carajo, podrías guiñarme un ojo para advertirme que estás de malas, coño, que a mi edad no estoy para adivinanzas.

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Hoy es un día más para Tobías. Como tantos. Fiel a su primer y única responsabilidad del día: recoger la prensa.
Por la esquina asoma un chaval montado en su bicicleta. El jovenzuelo mete la mano en su saca, coge un ejemplar y, agitándolo al aire al grito de «toma bonito, ¡cógelo!» lanza el periódico y pedalea con fuerza sin mirar dónde aterrizan las noticias frescas, no vaya a ser que el bueno de Tobías tenga uno de esos días de embestida fácil.

Tobías observa el vuelo del periódico. Impasible, sigue la parábola casi perfecta sólo con la mirada oscura de perro fiel. Lo ve caer en el último escalón que lleva al porche. Ni se inmuta. Ahora mira al chaval de la bicicleta. Lo sigue mirando, sin mover un músculo, hasta comprobar que desaparece de su vista. Sólo entonces se relaja y se acerca al periódico.

Lo golpea primero con su hocico, levemente, para apartarlo un poco. Con una pata delantera le da la vuelta para poder cogerlo mejor. Jadea un poco y hasta se diría que traga saliva para no embabarlo todo y, muy suavemente, lo recoge con la boca dispuesto a llevárselo a su amo.

―Siempre tienes que traérmelo en seguida, ¿comprendes chiquitín? Ningún hombre que se precie, aunque sea un vejestorio como yo, debe terminar su desayuno sin saber qué tal anda este desastre de mundo ―decía siempre el viejo amo.

Con el periódico en sus fauces, Tobías marcha dispuesto a cumplir su responsabilidad.

Primero desciende un escalón.
Después desciende el segundo escalón.
Sale a la calle.
Mira a derecha e izquierda para comprobar que nadie lo ve.
Y se lanza a la carrera cual purasangre a galope tendido.
En las afueras del pueblo toma un desvío y a cien metros llega a su destino.

En el cementerio ya lo conocen y lo dejan pasar, como todos los días desde que murió el viejo.
Ante la tumba de su amo, Tobías deposita con la dulzura que sólo da el cariño verdadero el periódico del día, y como cada jornada, se tumba al lado de los restos de su amo hasta que llega la noche.
Mientras espera, quién sabe si escucha aquellas palabras que escuchó durante tanto tiempo en otros días mientras unas huesudas y ancianas manos lo acariciaban.

―Bien hecho chiquitín. No te cambiaba yo por nada, Tobías.

Dicen, quienes lo ven, que en su mirada triste no cabe un lamento ni un reproche, tan solo el brillo de un alma grande, y el anhelo de un reencuentro. Quién sabe...

Un saludo,
Jaime Servera.

 

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marisa villanueva viguer nos cuenta que...2011-07-13 09:11:29    #1
Bueno Jaime, no me ha gustado mucho. Es un tema muy repetido en películas,...No me ha enganchado, igual falta describir algo más al viejo,no sé...Siento la critica pero no me gusta mentir.Saludos. Marisa
Jaime Servera nos cuenta que...2011-07-14 22:27:22    #2
Hola Marisa.

Bueno, no siempre se puede gustar a todo el mundo.

Gracias por opinar.
Un saludo.
Nelly nos cuenta que...2011-08-06 01:22:16    #3
Me encantó!
¿puedo mandarte la pequeña vida de mi perro Seigor?
Nelly nos cuenta que...2011-08-06 01:30:19    #4
Me llamaban Seigor, era completamente negro y peludo, como no me veían en la oscuridad de la noche, podía quedarme en algunos de esos lindos lugares que me eran prohibidos.
Fui bastante obediente, no siempre, claro.
A veces quería quedarme en la vereda y correr de esquina a esquina, pero no me dejaban, tampoco debía hacer mis necesidades frente a las casas de los vecinos, yo solo pretendía que supieran que aquel era mi territorio.
¡Cómo me gustaba estar debajo del perchero de la casa! desde allí podía verlos a todos, estaba calentito en invierno y fresco en verano, pero me sacaban a escobazos, no porque me pegaran sino que me empujaban mientras yo me ponía bien pesado y no me podían mover. A veces les ganaba y de lástima o impotencia me dejaban.
Tenía la mala suerte que se me caía el pelo por más que me cepillaban y me cuidaban, los enojaba mucho, también el olor a perro, parecía que no sabían que mi aroma era natural ¡A veces los humanos son tan ignorantes!.
Me acostumbré a la fuerza a comer “eso” en trocitos duro y seco, no me quedaba otra elección, se les ocurrió no darme más la comida preparada y sabrosa sobre todo la carne. Pero siempre trataba de darles el gusto y comía lo que me daban.
Los últimos tiempos de mi vida fueron horribles, quedé ciego, me dolía todo el cuerpo, no me dejaban salir a la vereda, ni entrar a la casa por la caída de mis pelos, además hacía mis necesidades en cualquier lugar y eso los enfurecía como si tuviera culpa.
Muchas veces escuché _¡fuera Seigor!_ agachaba la cabeza y me iba a la cucha. Comprendía que algo estaba sucediendo conmigo.
Todo ese tiempo triste terminó, ahora estoy descansando, no tengo dolores y voy adonde quiero.
Creo que dejé un buen recuerdo perruno de mi paso por la tierra, como el que yo tengo de todos los que fueron…yo diría….. mi familia.
Puedo decir que viví muy contento.
¿Le gustó a alguien?
Jaime Servera nos cuenta que...2011-08-06 22:45:32    #5
Interesante historia.
Gracias Nelly por compartirla.

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Esta sección va dirigida a quienes sienten la necesidad de dar rienda suelta a su imaginación y se han embarcado en la apasionante tarea de escribir.
Queremos aportar sugerencias y ayudar tanto a los que dan sus primeros pasos como a los que buscan ideas frescas para desarrollar su estilo.

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08 Jul 2011 y visto en
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